Hace casi un año que decidí irme de
viaje seis meses por el sur-este asiático ¿Por qué? I don’t know. Sólo sabía
que quería irme, era una inquietud que tenía dentro de mí, la palabra que lo define
es descubrir ¿el qué? I don’t know.
Algunos días antes de mi partida mi
tía me dijo que a ella no tenía miedo que yo me fuera de viaje, lo que pensaba
que sería duro sería cuando volviera. En ese momento no entendí porque pensaba
eso, ya me había ido anteriormente de vacaciones a países exóticos, esta vez
simplemente me iba más tiempo, además yo era muy feliz con mi vida y cuando
volviera seguiría todo en el mismo punto en el que lo dejé. Fui una ingenua.
Cuando tomé la decisión de irme no tenía ni idea, no me imaginé, no pensé en
cómo sería ni cómo me sentiría cuando volviera.
El shock inicial entre España y Asia
es muy fuerte, partiendo de lo mas fácil, la elevada temperatura, la humedad,
la comida picante, los alojamientos sin persianas, humildes, con algún intruso
como cucarachas o otros insectos y baños compartidos, el cambio horario que en
algún país a las 18.00 h. ya era de noche y a las 5.00 de la mañana ya empezaba
a despuntar el sol, el idioma que sería el inglés en el caso que lo conocieran
sino pues el autóctono del país o el universal que es una sonrisa y gesticulaciones,
la música, los olores, y siguiendo por lo mas impactante, la cultura, la
religión budista o musulmana, la estructura social matriarcal, la mujer es la
que trabaja duro en la obra, en el campo y el hombre ve la vida pasar pero es
el que tiene todo el poder, la manera de pensar, de sentir y querer.
Cuando estaba viajando, disfrutando y
viviendo cada día no me daba cuenta lo que estaba sucediendo en mi interior.
Dentro de mí estaba naciendo otra
persona. Una persona que hablaba, pensaba, sentía y soñaba en inglés, que cogía
vuelos cada dos por tres, el check in y check out en las guest house era cada
dos o tres días, por lo tanto cada dos o tres días armaba de nuevo la mochila y
cambiaba de “casa”, una persona que cultivaba su paciencia tras largas horas de
espera en una estación de bus perdida en la nada rodeada de personas que me
resultaban extrañas y yo les resultaba extraña a ellos, una persona que llegaba
a una ciudad nueva, debajo del sol, con la mochila de 13 Kg en la espalda y 4 kg delante y empezaba a
caminar por quien sabe dónde buscando un alojamiento decente, una persona que
ha aprendido a estar sola y disfrutar de ello, o compartir las 24 horas con mas
viajeros, una persona capaz de vivir rodeada de gente nueva y sentirla como su
familia.
Nació una persona nueva dentro de mi pero
solo me di cuenta que existía cuando volví. Un viaje tan intenso te cambia para
siempre.
Hace dos meses que he vuelto a “mi
país” de origen. Y creo que tengo algo que llaman síndrome del viajero
eterno o mas científicamente hablando el choque cultural inverso.
Las primeras dos semanas a mi vuelta
solo pensaba en irme otra vez para Asia, tenía el recuerdo reciente de mis
mejores amigos allí, Celia que era mi amiga, estaba Lluis que era una persona
con el corazón enorme, que lo daba todo por nada, la parte espiritual que nos
faltaba y para terminar Jose, mi hermano, cada día me hacía reír de verdad, des
del estomago, unos fiesteros. Yo estaba aquí y ellos se reencontraban en
Filipinas. Me moría de ganas de volver. Incluso echaba de menos hablar inglés.
Me gustaría que las personas y
experiencias que allí tuve se queden en mi recuerdo pero en una parte, no
activa, no quiero pensar en ello cada día cuando me levante por la mañana o a
la noche al acostarme.
Me pasaba ratos llorando, me
preguntaba ¿Qué hago aquí? ¿Por qué he vuelto?
Está claro por que volví, porque tenía
una excedencia de 6 meses y tenía que incorporarme al trabajo, sino aun estaría
allí dejando que el país y la vida me sorprendieran.
El ser “nómada” y no tener rumbo fijo,
cambiar de país constantemente, vivir en un sueño, es mucho más gratificante
que las responsabilidades. Pero la felicidad absoluta por lo nuevo solo dura un
tiempo ya que también se crea una “rutina nómada” que con el tiempo se vuelve
igual y se impone como forma de vida la cual también deja de sorprenderte o no
te llena tanto como lo hacía al principio. La primera cascada, la primera
salida del sol, el primer atardecer, la primera playa increíblemente virgen y
paradisíaca, con el tiempo ya es lo normal, y lo normal también cansa.
Ahora que ya ha pasado más tiempo me
siento mejor pero sigo en proceso de adaptación. Aún no he encontrado esa vida
feliz que deje hace 8 meses.
Me siento encerrada en una oficina
cuando estaba acostumbrada a cada día descubrir algo nuevo que me fascinaba, un
templo, el cráter de un volcán, una playa paradisíaca nadando con una tortuga o
un tiburón, por supuesto no se puede comparar a estar 8 horas delante de un
ordenador.
Cuando salgo de la oficina no se que
hacer, donde ir, estoy indecisa sin saber lo que quiero, lo que espero, lo que
me gustaría encontrar aquí, en “casa”.
Las últimas semanas del viaje pensaba
en como sería mi nueva vida at home, como gestionaría las cosas y, en
desacuerdo con advertencias de amigos que ya habían pasado por lo mismo, me
sentía contenta de volver y poder aplicar todo lo que había aprendido a mi vida
de antes, a mi vida real. La decepción es que es imposible aplicar nada de lo
que aprendí aquí, es otro ritmo de vida, otros pensamientos, soy incapaz de
poderlo fusionar. Siento desilusión.
Pocos días antes de coger el vuelo de
vuelta a casa pensé que mi inquietud para viajar se acabaría con este viaje,
que después de seis meses ya habría quemado esa etapa, pero no es así, es lo
contrario avivas mas el fuego por que te das cuenta que el mundo es grande pero
todo esta a nuestro alcance, podemos descubrir el mundo si queremos y falta
mucho para aprender.
Cuando cogí el vuelo de vuelta a casa,
Bangkok- Istanbul, Istanbul - Barcelona, en principio, era un vuelo mas, igual
que los anteriores, pero recuerdo que cuando el avión estaba aterrizando en
Istanbul empecé a llorar y llorar, era cierto, estaba volviendo, mi viaje había
acabado y no tenía la libertad o el poder para poder cambiarlo, se me escapaba
de las manos, yo quería seguir en Asia pero ya no había vuelta atrás ya estaba
camino a Barcelona.
Me siento que soy una “backpacker”,
tan común y fácil en mi viaje y tan extraño e imposible aquí.
Cuando vuelves tras una larga
temporada fuera sientes un desarraigo que no entiendes y necesitas tiempo para
reajustarte a la realidad cotidiana. ¿Qué pasa cuando lo conocido parece
desconocido? Te sientes un extraño en tu propia cultura y en tu antigua forma
de vida. Antes era feliz con lo que hacía. Ahora hago lo mismo ¿porque no me
siento igual que antes? Creé unas expectativas y cuando vi la realidad me
decepcioné. En algún momento tendré que comprender el entorno en el que vivo y
hacer de este sitio mi hogar. Tengo que volver a encajar pero es difícil volver
a empezar sin tener el deseo de volver a irme, es difícil volver a la realidad.
Intento llevar el ritmo de vida de
aquí pero va mas acelerado que yo, yo voy como en relentí, intento entender lo
que esta pasando a mi alrededor, intento saber lo que quiero pero me siento
confundida y indecisa, es la primera vez en mi vida que siento indecisión.
Cuando volví a casa no esperaba haber
cambiado tanto, tenía que haberme concienciado en que tendría que readaptarme,
y que no sería fácil. Al principio todo cuesta, incluso lo más simple ¿pero
cuanto tiempo es “al principio”? ¿Días? ¿Meses? ¿Años?
Me aconsejan que tenga paciencia, que
me lo tome con calma pero hay algo que me quema, necesito que los días pasen
mas deprisa y encontrar lo que busco, pero no sé lo que es.
Siento que he subido hasta la luna y
que ya no puedo bajar de ella pero mi mundo esta en el planeta tierra y yo solo
quiero mirar arriba… y volar… pero no tengo alas para volar, las alas del dejé
cuando subí al avión de vuelta a casa.
Gemma
Vivir no es
sólo existir,
sino existir y
crear,
saber gozar y
sufrir
y no dormir
sin soñar.
Descansar, es
empezar a morir.
Gregorio Marañon